Las navidades pasadas, yo y mis dos hijas fuimos de visita a
casa de mi madre. Estábamos todas en tratamiento por giardiasis con remedios
naturales. Mi madre ya me había adelantado por teléfono que mi primo también
había tenido problemas de parasitosis intestinal, que le habían dejado KO
durante una buena temporada. Me había descrito un cuadro clínico bastante grave
en el cual los parásitos habían dejado muy finas sus paredes intestinales,
penetrando hasta en el torrente sanguíneo. A los pocos días Daniela, la mujer
de mi primo, que es enfermera en un hospital público y muy partidaria de las
terapias naturales, concretamente de la homeopatía, vino de visita con la niña
(entonces de 5 años). Volvió a contar la
historia, añadiendo en paralelo su historia y la de la niña.
De alguna manera condicionaron mi actitud y disposición
hacia la historia el hecho de que Daniela fuera enfermera, así como las obvias
conexiones con mi caso. En parte, la recibí como una revelación. “Ah, ¡ahora entiendo!”. En parte como una
reafirmación de mis decisiones, porque Daniela iba contando qué poco efectivos
habían sido los antibióticos en el caso de mi primo. Había conseguido
deshacerse de la giardia y de otros parásitos, solo a través de la dieta y de
tratamientos naturales, tras una larga trayectoria de gripes e infecciones
tratadas exclusivamente a base de antibióticos. También influyó mucho en mi percepción
de la historia el sentido de control y éxito que emanaba de las palabras de
Daniela. Tanto la parasitosis del marido como la de la hija se habían tratado
con éxito a través de tratamientos naturales y homeopáticos.
En fin, con estas premisas, decidí realizar unas pruebas
adicionales a los análisis de heces que nos habían hecho en la seguridad social
en una clínica privada italiana. Pruebas que tanto Daniela, como mi primo, es
decir su marido, y la hija habían realizado. Intenté primero localizar clínicas
que ofrecieran análisis parecidos en España, pero las dos que encontré eran
carísima. Las pruebas se realizaban en base a unas muestras de heces,
recogidas, como mucho, 24-48 horas antes, y permitían localizar un amplio
abanico de parásitos y hongos (según Daniela muchos más que los que se suelen
buscar en las pruebas convencionales), y ofrecían además datos sobre la
composición bacteriológica de las heces.
De vuelta a España contacté con la clínica italiana que me
suministró el kit para la recogida de las muestras y me informé sobre las
modalidades de transporte urgente. La primera operadora de la compañía de
transporte con la que hablé no sabía qué eran unas heces, y cuando se enteró me
dijo rotundamente que no se podía. Desde la clínica no me habían dicho nada al
respecto y me arriesgué a enviarlas de todas formas. Esperé a un día sin cole –
creo que fue el 8 de febrero – recogí las muestras y las mandé. A los 15 días
teníamos los resultados.
Ninguna de las tres teníamos giardia - en el caso de Marta,
los análisis confirmaban otro que acababa de hacer en el cual los resultados,
según la doctora, eran negativos (nuestra pediatra de la seguridad nunca nos
imprime los resultados pero en esa ocasión nos había dicho que la giardia no
estaba). Pero teníamos otras noticias. Las dos niñas tenían una bacteria, el
Campylobacter, y Marta además tenía otra bacterias, Escherichia Coli, y niveles
altísimos de un hongo, la Candida tropicalis. Pensaba haber solucionado el
problema de la giardia, y ahora me veía con varios otros. Podía intentar, tras
la experiencia negativa con el médico naturista, buscar a un doctor homeópata,
pero pensé que primero hablaría de estos últimos análisis con la pediatra de
cabecera. Estaba ahora una sustituta, una pediatra muy joven, muy disponible.
Igual con ella solucionaría el problema.
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