jueves, 6 de abril de 2017

A la consulta de la pediatra

Cuando nació Clara, mi primera hija, nos asignaron pediatra en el centro de salud más cercano. La señora era mayor, muy arreglada, las pocas veces que nos recibió, tuvo un trato muy seco y algo brusco con nosotros. Nunca llegó a explorar físicamente a Clara. En esa época nos atendieron más bien su sustituta y el servicio de pediatría del Hospital adonde acudimos algunas veces de urgencia. A los pocos meses de nacer, nos cambiamos a otro centro de salud todavía cerca de casa. La pediatra de ahí sí cumplía por lo menos con unas expectativas mínimas. Le sentó mal inicialmente que nos cambiásemos, ya tenía muchos pacientes. Pocos meses después, se marchó a un lugar mejor. Nos quedamos con la pediatra de mañana que nos había atendido ya en una o dos ocasiones, la Dra Pérez. Ahora es ella nuestra pediatra principal.
Con el tiempo he ido conociéndola. También pasa temporadas largas de baja. Es madre. No que me lo haya dicho abiertamente, es más bien reservada. Una vez hablando del tema chuches, compartió conmigo parte de su experiencia, sus estrategias. El trato con las niñas es muy delicado, algo que choca con su expresión más bien dura. Un día, sin embargo, perdió la paciencia con Clara que no conseguía estar quieta en la silla. Es muy partidaria de la medicina tradicional. Se toma su tiempo en explicar condiciones, tratamientos, consejos.
Cuando a Marta, mi segunda hija, le detectaron giardia, estaba una de sus sustitutas. Suelen ser pediatras jóvenes, muy motivadas, atentas. La que estaba entonces, estaba embarazada. Al día siguiente de darle sus resultados a Marta, me llamó para anotar algún dato más en el informe que tenía que entregar a la seguridad social, y que había olvidado preguntar la tarde anterior. El tratamiento que nos había mandado eran dos ciclos de una semana de Flagyl, un antibiótico potencialmente cancerígeno, según había averiguado en MedLine Plus. No se lo di a Marta, pues la estaba tratando con un tratamiento natural. Me sentía en paz conmigo misma, porque no había pasado del tema y estaba tratando a Marta, aunque fuera con medicina no convencional. Pero, por otro lado, me sentía culpable. Ese tratamiento tardaría más tiempo en ser efectivo. Al fin y al cabo, cuando volvería a pedir análisis, estaría mintiéndole, y le diría algo como “Sí, sí, hemos seguido el tratamiento escrupulosamente”…
Cuando volvimos a repetir los análisis de heces, en enero, después de casi dos meses de tratamiento – había estado aplazando el momento para dar tiempo a que los remedios naturales funcionaran -, nos atendió otra pediatra, muy joven, un encanto de persona. Al parecer el resultado era negativo, confirmando otro que habíamos hecho por privado. El parásito ya no estaba. En cuanto a la cándida y a otras dos bacterias que le habían encontrado a Marta precisamente en esos análisis adicionales privados, me pidió una semana de tiempo para poder estudiar los resultados de esos análisis tranquilamente. Me parecía increíble. ¡Qué seriedad! ¡Qué humildad! ¡Qué profesionalidad! No estaba acostumbrada a ese trato. Las cosas estaban definitivamente cambiando a mí alrededor.
Volví a casa satisfecha, aunque seguía dándoles vueltas al Campylobacter. Me preguntaba los posibles alimentos a través de los cuales Marta y Clara habían cogido la bacteria. Se coge principalmente de las carnes de aves poco cocinadas – que comemos, como mucho, una vez a la semana – o de preparados cárneos, como la pechuga de pavo. Yo siempre optaba por los que tuvieran menos conservantes, igual era eso el problema… mis opciones más naturistas… lo que estaba claro era que las cacas de Marta no estaban del todo bien…
La misma noche de la consulta, las dos niñas se pusieron malas. Clara con otitis y Marta con gastroenteritis. Por la mañana, estábamos de vuelta al centro de salud. Esta vez nos atendió la pediatra de mañana acompañada por otra evidentemente en prácticas. Salimos con la prescripción de dos antibióticos (a Marta por el Campylobacter, causa muy probable de su gastroenteritis, según la pediatra, a Clara por la otitis) y un diagnóstico de lengua geográfica para Marta. A pesar del cuidado en la exploración de las niñas y del trabajo de equipo, no estaba satisfecha por el resultado. Esa misma tarde acudiría a otra pediatra, una homeópata, y en los días siguientes me ceñiría al tratamiento que nos mandaría la homeópata.

La semana después, volvimos a ver a la pediatra joven, la sustituta de nuestro turno de tarde. Recomendó repetir los análisis para ver si las bacterias se habían ido solas y le mandó a Marta Mycostatin para acabar con la cándida – que, en su opinión, podía ser la razón de la lengua geográfica. Nos dio los resultados dos semanas después la Dra. Pérez que estaba de vuelta a su consulta. Dieron negativo para las dos bacterias, pero Marta volvía a tener giardia y a Clara se la diagnosticaban por primera vez. ¿Qué había pasado? Lo más probable era que se habían vuelto a contagiar. En realidad, averiguaríamos unas semanas después, la sustituta joven había leído mal los resultados, efectivamente no se habían encontrado huevos de giardia en la caca de Marta, pero sí antígenos. La giardia no se había ido nunca… A la lista de los adjetivos con los que había calificado la labor de esta pediatra, tenía que añadir otro “con poca experiencia”. Quizás estaba un poco decepcionada, aunque confiaba en que pronto esa doctora adquiriría la experiencia que necesitaba. Lo que más me preocupaba entonces era que llevábamos 4 meses en tratamiento y Marta seguía parasitada. 

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