Cuando nació Clara, mi primera hija, nos asignaron pediatra
en el centro de salud más cercano. La señora era mayor, muy arreglada, las
pocas veces que nos recibió, tuvo un trato muy seco y algo brusco con nosotros.
Nunca llegó a explorar físicamente a Clara. En esa época nos atendieron más
bien su sustituta y el servicio de pediatría del Hospital adonde acudimos
algunas veces de urgencia. A los pocos meses de nacer, nos cambiamos a otro
centro de salud todavía cerca de casa. La pediatra de ahí sí cumplía por lo
menos con unas expectativas mínimas. Le sentó mal inicialmente que nos
cambiásemos, ya tenía muchos pacientes. Pocos meses después, se marchó a un
lugar mejor. Nos quedamos con la pediatra de mañana que nos había atendido ya
en una o dos ocasiones, la Dra Pérez. Ahora es ella nuestra pediatra principal.
Con el tiempo he ido conociéndola. También pasa temporadas
largas de baja. Es madre. No que me lo haya dicho abiertamente, es más bien
reservada. Una vez hablando del tema chuches, compartió conmigo parte de su
experiencia, sus estrategias. El trato con las niñas es muy delicado, algo que
choca con su expresión más bien dura. Un día, sin embargo, perdió la paciencia
con Clara que no conseguía estar quieta en la silla. Es muy partidaria de la
medicina tradicional. Se toma su tiempo en explicar condiciones, tratamientos,
consejos.
Cuando a Marta, mi segunda hija, le detectaron giardia,
estaba una de sus sustitutas. Suelen ser pediatras jóvenes, muy motivadas,
atentas. La que estaba entonces, estaba embarazada. Al día siguiente de darle
sus resultados a Marta, me llamó para anotar algún dato más en el informe que
tenía que entregar a la seguridad social, y que había olvidado preguntar la
tarde anterior. El tratamiento que nos había mandado eran dos ciclos de una
semana de Flagyl, un antibiótico potencialmente cancerígeno, según había
averiguado en MedLine Plus. No se lo di a Marta, pues la estaba tratando con un
tratamiento natural. Me sentía en paz conmigo misma, porque no había pasado del
tema y estaba tratando a Marta, aunque fuera con medicina no convencional. Pero,
por otro lado, me sentía culpable. Ese tratamiento tardaría más tiempo en ser
efectivo. Al fin y al cabo, cuando volvería a pedir análisis, estaría mintiéndole,
y le diría algo como “Sí, sí, hemos seguido el tratamiento escrupulosamente”…
Cuando volvimos a repetir los análisis de heces, en enero,
después de casi dos meses de tratamiento – había estado aplazando el momento para
dar tiempo a que los remedios naturales funcionaran -, nos atendió otra
pediatra, muy joven, un encanto de persona. Al parecer el resultado era
negativo, confirmando otro que habíamos hecho por privado. El parásito ya no
estaba. En cuanto a la cándida y a otras dos bacterias que le habían encontrado
a Marta precisamente en esos análisis adicionales privados, me pidió una semana
de tiempo para poder estudiar los resultados de esos análisis tranquilamente. Me
parecía increíble. ¡Qué seriedad! ¡Qué humildad! ¡Qué profesionalidad! No estaba
acostumbrada a ese trato. Las cosas estaban definitivamente cambiando a mí
alrededor.
Volví a casa satisfecha, aunque seguía dándoles vueltas al
Campylobacter. Me preguntaba los posibles alimentos a través de los cuales
Marta y Clara habían cogido la bacteria. Se coge principalmente de las carnes
de aves poco cocinadas – que comemos, como mucho, una vez a la semana – o de
preparados cárneos, como la pechuga de pavo. Yo siempre optaba por los que
tuvieran menos conservantes, igual era eso el problema… mis opciones más
naturistas… lo que estaba claro era que las cacas de Marta no estaban del todo
bien…
La misma noche de la consulta, las dos niñas se pusieron
malas. Clara con otitis y Marta con gastroenteritis. Por la mañana, estábamos
de vuelta al centro de salud. Esta vez nos atendió la pediatra de mañana
acompañada por otra evidentemente en prácticas. Salimos con la prescripción de
dos antibióticos (a Marta por el Campylobacter, causa muy probable de su gastroenteritis, según la pediatra, a Clara por
la otitis) y un diagnóstico de lengua geográfica para Marta. A pesar del
cuidado en la exploración de las niñas y del trabajo de equipo, no estaba
satisfecha por el resultado. Esa misma tarde acudiría a otra pediatra, una
homeópata, y en los días siguientes me ceñiría al tratamiento que nos mandaría
la homeópata.
La semana después, volvimos a ver a la pediatra joven, la
sustituta de nuestro turno de tarde. Recomendó repetir los análisis para ver si
las bacterias se habían ido solas y le mandó a Marta Mycostatin para acabar con
la cándida – que, en su opinión, podía ser la razón de la lengua geográfica. Nos
dio los resultados dos semanas después la Dra. Pérez que estaba de vuelta a su
consulta. Dieron negativo para las dos bacterias, pero Marta volvía a tener giardia
y a Clara se la diagnosticaban por primera vez. ¿Qué había pasado? Lo más
probable era que se habían vuelto a contagiar. En realidad, averiguaríamos unas
semanas después, la sustituta joven había leído mal los resultados,
efectivamente no se habían encontrado huevos de giardia en la caca de Marta,
pero sí antígenos. La giardia no se había ido nunca… A la lista de los
adjetivos con los que había calificado la labor de esta pediatra, tenía que
añadir otro “con poca experiencia”. Quizás estaba un poco decepcionada, aunque
confiaba en que pronto esa doctora adquiriría la experiencia que necesitaba. Lo
que más me preocupaba entonces era que llevábamos 4 meses en tratamiento y
Marta seguía parasitada.
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