Cuando después de cuatro meses de terapias naturales para
combatir la giardia de Marta todavía no teníamos resultados, no puse en
cuestión la efectividad del tratamiento. El médico que nos lo había mandado
había hablado de 3 a seis meses, y la señora del herbolario había confirmado
que debía armarme de mucha paciencia porque tardaría un tiempo respetable.
Además estaba convencida de que el parásito se había ido y había vuelto, con lo
cual mi teoría entonces era la del nuevo contagio.
Ahora, después de haber cursado los seis meses de
tratamiento, puedo decir que no estoy segura si ese tratamiento natural (dos
jarabes, Lombrifin y Composor 13, tres veces al día) ha funcionado o no. Ha
sido un rollo tener que tomarse los dos jarabes tres veces al día durante mucho
tiempo. No quiero ni pensar en la cantidad de dinero que me he gastado. Sin
tener en cuenta que uno de los dos sabe muy mal, la paciencia que he tenido que
invertir para que Marta, sobre todo, la más pequeña, se lo tomara. Me pregunto
ahora, ¿ha merecido la pena?
Me pongo la misma pregunta cuando compro costosos
suplementos para apoyar nuestras elecciones nutricionales. Por ejemplo, los
suplementos de calcio durante las temporadas que hemos estado sin tomar
lácteos. Algunas de estas temporadas han sido una necesidad objetiva. Cuando
Clara era bebé le diagnosticaron una alergia a la proteína de leche de vaca.
Tuve que dejar de tomar lácteos y sí que estuve tomando calcio en comprimidos.
Otras veces, pero, alertada por algunos médicos o por ciertas lecturas, he
decidido dejar de tomarlos de mi propia voluntad. Cada vez que compro esos
suplementos, me vuelvo a preguntar, ¿merece la pena gastar en suplementos,
cuando una dieta equilibrada en teoría debería proporcionarme esos nutrientes? Y
quizás tendría un impacto menos dañino en el medioambiente.
No tengo una respuesta. Sigo comprando algunos suplementos
con el argumento de que los alimentos que consumimos hoy en día no son como los
de antes, presentan muchas carencias, no aportan todo lo que necesitamos… Pero
la duda sigue ahí… y más aún teniendo en cuenta todo lo que cuestan…
Me hubiera gustado entrevistar a mi amiga Beatriz sobre este
tema. Ella consume suplementos habitualmente igual o más que yo. Suele curarse
con terapias naturales. Le propuse una entrevista para hablar del tema pero
puso pegas… Es una pena, hablar con ella me hubiera ayudado mucho en aclararme.
Ahora que lo pienso, durante mucho tiempo – por no decir,
siempre - he sentido que “me faltaba algo”, que tenía alguna “carencia” y que
por eso necesitaba tomar suplementos. Me pregunto de dónde viene esa sensación
de carencia... es curioso, siento que eso mismo les pasa a mis hijas. No que sientan
ellas esta carencia, sino que a mí me parece que a ellas les falte algo. En
muchos aspectos, incluido en esto, es como si fueran una extensión mía.
Me falta algo… … … Desde una perspectiva feminista,
podríamos decir que me falta un pene. En una cultura androcéntrica, ser mujer
se define a partir de lo que es un hombre. Entonces, está claro, me faltaría un
pene, y me sobrarían un par de tetas y algo de grasa… ¡la dichosa celulitis!
Desde otro punto de vista, podríamos decir que me falta todo el amor que mis
padres no pudieron darme… desde otro aún, mis necesidades no serían reales, sino
inducidas por una economía capitalista… o igual, son mis raíces en la
naturaleza que echo de menos desde el medio urbano en el que vivo… no sé lo que
es, pero sé que está ahí, la sensación de carencia, un vacío, un hueco… Tampoco
podría definirlo. ¿Es cultural? ¿Económico? ¿Social? ¿Emocional?
Los suplementos y las terapias naturales de alguna manera me
hacen sentir como que ese hueco se llena y me confieren tranquilidad, me
aportan. Por el contrario, siento que los medicamentos convencionales me
quitan: el dolor, las sensaciones, las defensas, la fiebre, el sueño, las
reacciones alérgicas, las ganas de comer, el insomnio… Sin embargo, aun así mis
dudas con respecto al consumo de suplementos y terapias naturales persisten.
Sus características y alto coste me dejan pensando… Un día
estaba buscando unos comprimidos de 5htp, una sustancia química derivada del
triptófano que se usa para conciliar el sueño, entre otras cosas. En el
herbolario no lo tenían. El señor, algo resentido porque no quise aceptar las
alternativas que me proponía, me hizo notar que un producto muy concentrado
como el 5htp al fin y al cabo se asemeja a un medicamento convencional. Ese
desencuentro con el herbolario acrecentó mis dudas acerca de los suplementos y de
las terapias naturales. La idea de la extrema concentración me hacía pensar en
las disparidades que existen en el acceso a los recursos, en lo poco natural
que es todo eso, por mucho que me aportara.
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