miércoles, 29 de junio de 2016

Mi primer médico naturista

El primer médico naturista al que acudí fue por referencia de Fernanda, la responsable de la guardería. Se llamaba Antonio Fernández. Abro aquí un paréntesis para aclarar que todos, absolutamente todos los nombres que utilizo en mis posts son pseudónimos, excluyendo el mío. Los nombres de mis hijas también son pseudónimos. Todas las historias que cuento, en cambio, son auténticas, reales, por lo menos así lo son desde mi punto de vista.

Me puse en contacto con el dr. Antonio Fernández, cogí la primera cita posible y compatible con mi horario laboral. Pregunté sobre el coste de la consulta, cuánto duraría, etc. y al día siguiente o a los dos días, fui ahí con Marta. Clara se quedó en casa con fiebre, la intención era llevarla para que de paso la viera a ella también, pero por la fiebre no pudo ser.

La consulta era en un piso. Al contrario del pasillo y escaleras exteriores, el piso era luminoso y claro, el techo algo bajo. Las paredes eran blancas y los acabados de madera de pino, clarita. Olía a eucalipto. Esperamos escasamente 5 minutos y enseguida el doctor nos recibió. Me dio dos besos. Me resultó raro. Me dije “relájate”, ahora ya formaba parte del “círculo”- de los naturistas guay o algo así, aunque no me salió muy espontáneo recambiar. No había estado en un médico naturista antes.
La consulta fue muy larga. El doctor sacó papel y bolígrafo y empezó a anotar toda la información que me iba sacando sobre Marta desde el embarazo hasta la actualidad. Marta se entretenía, mientras, con unos juguetes. Antonio rara vez levantaba la mirada de su escritorio, donde estaba 
cuidadosamente expuesto un libro suyo, no recuerdo el título. Me dio algunas explicaciones sobre la Giardia, no muchas. En un momento dado a Marta se le salió un pedete. Confirmó que los parásitos suelen producir gases. Se relajó un poco como si fuera a reír, pero no llegó a reírse. Al finalizar la entrevista, exploró a Marta. Encontró que su piel era algo áspera, consecuencia, a su entender, de una probable alergia a la leche – al igual que la hermana que sí había tenido la alergia a la proteína de la leche en su época de lactante - y que el abdomen estaba un poco hinchado. Nos prescribió dos jarabes, Lombrifín y Composor 13 para tomar tres veces al día antes de las comidas, y recomendó eliminar completamente los lácteos de la dieta de la niña. Los jarabes, nos dijo, deberíamos tomarlos entre tres y seis meses.

La consulta valía 100 euros, pero no se podía pagar con tarjeta. Tuve que salir, volví con el dinero, la secretaria lo recibió. No me dio ningún recibo a cambio. Volvimos a casa que Clara estaba esperándonos.


Ya llevábamos unos días tomando los jarabes, cuando decidí volver con Clara. No que el médico me hubiera gustado especialmente, era el único que conocía y, según decía Fernanda, era un especialista en digestivo, y por una cuestión de igualdad entre mis hijas, decidí llevar a la mayor. Además sería una oportunidad para que me diera su punto de vista sobre una dermatitis casi permanente que tiene Clara detrás de la oreja. Desde que le hablé de su alergia temprana a la proteína de la leche de vaca (algo que supuestamente había superado), Clara pasó a ser una representante más de los “niños alérgicos”. “Los niños alérgicos son…”, “los niños alérgicos presentan…”, “los niños alérgicos deberían…”. Yo mientras me sentía cada vez más enferma - sí, todavía estoy en una etapa en la que vivo las enfermedades y problemas de mis hijas como si fueran los míos. Me contraía en mi misma, me empequeñecía, me entristecía… no sabía desvincularme de esas emociones. La consulta procedió como había sido la de Marta. Sentí que no había sacado mucha información y pensé aprovechar para hacerle un par de preguntas sobre la más pequeña. ¿Qué podía darle para una otitis? Me sugirió unas gotas. “Ah” – añadí, antes de que se me olvidara – “En dos herbolarios ya me han dicho que el jarabe Lombrifin  está descatalogado, ¿Qué puedo darle en su lugar?”. Se puso nervioso, con mi gran sorpresa. “Bueno… ¿descatalogado? No me consta… bueno, puede seguir con el Composor, al fin y al cabo con tres semanas de tratamiento es suficiente…” Me quedé de piedra. ¿No conocía otro? ¿No podía buscar una alternativa? ¿No me había dicho que debería seguir el tratamiento de tres a seis meses? ¿No era un super experto en digestivo? Pagué la consulta. Esta vez traía el dinero. Lo cogió y guardó rápido debajo del escritorio. Las siguientes consultas serían más baratas, pero no pensaba volver. 

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