La respuesta más obvia y espontánea a esta pregunta sería
que empecé a sopesar detenidamente la toma de medicamentos cuando me he
convertido en madre. Aunque el caso sobre el que pretendo trabajar es más
reciente y afecta principalmente a mi segunda hija, concretamente por un
problema de parasitosis, mi preocupación por los medicamentos que tomo yo o
tomamos mi familia y yo se ha reforzado claramente desde que soy madre. En
realidad, si miro hacia atrás, las cosas no están exactamente así como
espontáneamente me ha salido contestar. Recuerdo dos episodios muy claros.
Durante la gestación de mi segunda hija tomé antibióticos, sí, quién lo diría. Llevaba dos semanas con una infección tremenda de las vías respiratorias. Estaba en el séptimo u octavo mes de gestación, ya me resultaba insoportable no poder respirar; los dolores de cabeza me agobiaban. La amoxicilina que me prescribieron además me dio alergia y no pude terminar el tratamiento. Sin embargo, sí que la infección remitió y pude volver a respirar.
Mucho más atrás en el pasado, hay un segundo episodio muy importante de mi relación con los medicamentos. ¿Qué tendría? ¿Catorce o quince años? No recuerdo bien qué me mandaban, pero eran varias cajas de ansiolíticos y antidepresivos para tomar varias veces al día, quizás alguna cosa más. Una tarde de primavera cogí una bolsa de plástico y los metí todos dentro, ante la mirada asombrada y preocupada de mi madre. Entonces vivía en el campo, había que andar unos 500 metros para llegar al contenedor de la basura más cercano. Pues anduve hasta ahí, era un día primaveral, de esos medio nublados. Temblaba, era consciente de que estaba haciendo algo radical. Un motivo más de dolor para mi madre. Percibo todavía la intensidad de esas emociones, aunque ahora las vivo con más tranquilidad.
Según voy cavando en mi pasado, emergen otros episodios,
recuerdos relacionados… En mi adultez la opción más frecuente era no tomar
medicamentos, excepto cuando el dolor ya era insoportable… pero ahora que soy madre es diferente, no es
mi cuerpo, no es mi percepción directa, sino la de mis hijas... De alguna
manera vuelvo a la vulnerabilidad de cuando era niña, vuelvo a enfrentarme con
la cotidianidad de virus, bacterias, gastroenteritis, catarros, conjuntivitis…
por citar solo los más obvios, pero que no lo vivo en primera persona porque
afectan a mis hijas. Hoy muchos años después, en mi día a día los pequeños
problemas de salud de mis hijas me van planteando muchas posibilidades de
actuación en un ámbito en el cual fundamentalmente no tengo ni la formación especializada
ni la información que te da lo de sentir tu propio cuerpo. ¿Tomar o no tomar el
antibiótico? ¿Confiar en una fuente de información o en otra? ¿Arriesgarme con
la salud de mis hijas o andar por caminos ya pisados? Sí, efectivamente, es ahora
que vuelvo a ser vulnerable cuando he sentido la necesidad de buscar terapias
alternativas. Aquí es donde todo vuelve a empezar.
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