Mis reflexiones sobre la búsqueda de información médica y
terapias alternativas se han disparado
recientemente a raíz de un problema de Marta, mi segunda hija. Cuando digo “disparado”
quiero decir que de repente mi inquietud de siempre con respecto a la medicina
tradicional y a cómo gestionar la salud de las niñas se ha materializado en una
búsqueda intensa y activa.
A finales del noviembre pasado (2015) a Marta, en un
análisis de heces, le encontraron un parásito, llamado Giardia Lamblia. Marta,
que entonces tenía 2 años y cinco meses, había compartido con los amigos de
clase un episodio de gastroenteritis el mes anterior y desde entonces sus
caquitas no habían vuelto a la normalidad. Yo también tiendo a compartir estos
problemas con ellas y la verdad es que no me acababa de recuperar tampoco.
Pero, aparte de ser reacia a tomar medicamentos, siempre he medido mucho mis
visitas al pediatra, y desde finales de octubre había dejado correr el tiempo
esperando a que nos recuperáramos. Había cogido para ella y su hermana unos
probióticos supuestamente fabulosos en el herbolario local, y a esperar.
Mientras, las dos maestras de la guardería y especialmente Fernanda,
la responsable, preguntaban a menudo si habíamos ido al pediatra. No había ido. El
verano anterior Marta había tenido una grastroenteritis parecida, que había
tardado un par de semanas en irse. Según la pediatra que la había visto
entonces, algunos niños pueden ir al baño 10 veces en un día, otros 10 veces en
5 días y que tuviera paciencia, porque la niña estaba bien hidratada y estaba
comiendo bien. En esa ocasión, me había informado además en alguna página
oficial americana (no recuerdo cuál exactamente, pero sí recuerdo que era una
página oficial, creo www.kidshealth.org) sobre las recomendaciones de dieta para
niños con gastroenteritis. Todo esto porque mi madre insistía e insistía en que
la niña no tenía que comer fruta. Por mucho que confiara en el instinto de
Marta, que sí pedía fruta y se la comía con ganas, me había visto en la
necesidad de justificar ante mi madre la dieta que proponía a la niña. Pues en
kidshealth.org, se recomendaba seguir con la dieta normal con el añadido de
que, de esta manera, la recuperación sería con toda probabilidad más rápida.
Así había hecho siempre conmigo misma, y así sería con mis hijas – teniendo
además el respaldo de unas autoridades médicas.
Con esta experiencia previa, estaba llevando este nuevo
episodio de supuesta gastroenteritis. La presión de las maestras me molestaba.
He vuelto a leer las conversaciones por whatsapp con Fernanda, me sigo
sintiendo incómoda. Al final, antes de ir al médico le escribí lo siguiente:
“Marta come bien y está bien, llevarla o no al pediatra, que sí hemos ido, es
decisión mía”. Sí, creo que la presión que recibí por parte de las dos maestras
hizo que retrasara aún más mi visita al pediatra – y también que les mintiera con
respecto a mi visita al pediatra. No me gustó esta interferencia en mi forma de
gestionar la salud mía y de mi familia. Soy consciente de que de la salud de
Marta dependía la de los demás niños, pero entonces Fernanda quería saber cómo
actuar en el desayuno, si darle fruta o no… lo mismo que mi madre…
A mediados de noviembre finalmente fuimos a la pediatra.
Marta tenía buen aspecto, no obstante, vista la persistencia de las cacas
blandas, la pediatra le mandó un análisis de heces. A los diez días fue a
recoger los resultados el padre con las niñas. Me llamaron por teléfono para
decirme que Marta tenía un parásito, Giardia no sé qué… y que tendría que tomar
antibiótico. No me lancé de inmediato a buscar información sobre ese parásito
cuyo nombre no había entendido bien. En ese momento estaba centrada en mi
“error”. Me sentía culpable por haber desatendido a mi hija, arrogante por no
haber prestado bastante atención a los avisos de la guardería y, por qué no,
por haber infravalorado el poder de diagnóstico de la medicina moderna, y vaga,
por haber tardado tanto en coger una maldita cita con la pediatra.
La búsqueda de información no empezó entonces sino al día
siguiente cuando viajando en el metro con la botella del antibiótico (Flagyl)
en el bolso – lo compré enseguida, a pesar de que Marta hasta entonces no había
tomado nunca antibióticos -, me llamó por teléfono la pediatra. Había olvidado
preguntarnos un par de cosas para un informe que tenía que entregar a las autoridades
sanitarias. Al fin y al cabo éste era un parásito raro en los países
occidentales. ¿De dónde éramos? ¿Habíamos viajado a países tropicales
recientemente?... Me asusté. Llegada al trabajo, no pude ponerme a preparar la
clase. Lo primero que hice fue buscar información sobre la Giardia Lamblia, y
mi actitud ante el problema fue cambiando.
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