miércoles, 29 de junio de 2016

Mi primer médico naturista

El primer médico naturista al que acudí fue por referencia de Fernanda, la responsable de la guardería. Se llamaba Antonio Fernández. Abro aquí un paréntesis para aclarar que todos, absolutamente todos los nombres que utilizo en mis posts son pseudónimos, excluyendo el mío. Los nombres de mis hijas también son pseudónimos. Todas las historias que cuento, en cambio, son auténticas, reales, por lo menos así lo son desde mi punto de vista.

Me puse en contacto con el dr. Antonio Fernández, cogí la primera cita posible y compatible con mi horario laboral. Pregunté sobre el coste de la consulta, cuánto duraría, etc. y al día siguiente o a los dos días, fui ahí con Marta. Clara se quedó en casa con fiebre, la intención era llevarla para que de paso la viera a ella también, pero por la fiebre no pudo ser.

La consulta era en un piso. Al contrario del pasillo y escaleras exteriores, el piso era luminoso y claro, el techo algo bajo. Las paredes eran blancas y los acabados de madera de pino, clarita. Olía a eucalipto. Esperamos escasamente 5 minutos y enseguida el doctor nos recibió. Me dio dos besos. Me resultó raro. Me dije “relájate”, ahora ya formaba parte del “círculo”- de los naturistas guay o algo así, aunque no me salió muy espontáneo recambiar. No había estado en un médico naturista antes.
La consulta fue muy larga. El doctor sacó papel y bolígrafo y empezó a anotar toda la información que me iba sacando sobre Marta desde el embarazo hasta la actualidad. Marta se entretenía, mientras, con unos juguetes. Antonio rara vez levantaba la mirada de su escritorio, donde estaba 
cuidadosamente expuesto un libro suyo, no recuerdo el título. Me dio algunas explicaciones sobre la Giardia, no muchas. En un momento dado a Marta se le salió un pedete. Confirmó que los parásitos suelen producir gases. Se relajó un poco como si fuera a reír, pero no llegó a reírse. Al finalizar la entrevista, exploró a Marta. Encontró que su piel era algo áspera, consecuencia, a su entender, de una probable alergia a la leche – al igual que la hermana que sí había tenido la alergia a la proteína de la leche en su época de lactante - y que el abdomen estaba un poco hinchado. Nos prescribió dos jarabes, Lombrifín y Composor 13 para tomar tres veces al día antes de las comidas, y recomendó eliminar completamente los lácteos de la dieta de la niña. Los jarabes, nos dijo, deberíamos tomarlos entre tres y seis meses.

La consulta valía 100 euros, pero no se podía pagar con tarjeta. Tuve que salir, volví con el dinero, la secretaria lo recibió. No me dio ningún recibo a cambio. Volvimos a casa que Clara estaba esperándonos.


Ya llevábamos unos días tomando los jarabes, cuando decidí volver con Clara. No que el médico me hubiera gustado especialmente, era el único que conocía y, según decía Fernanda, era un especialista en digestivo, y por una cuestión de igualdad entre mis hijas, decidí llevar a la mayor. Además sería una oportunidad para que me diera su punto de vista sobre una dermatitis casi permanente que tiene Clara detrás de la oreja. Desde que le hablé de su alergia temprana a la proteína de la leche de vaca (algo que supuestamente había superado), Clara pasó a ser una representante más de los “niños alérgicos”. “Los niños alérgicos son…”, “los niños alérgicos presentan…”, “los niños alérgicos deberían…”. Yo mientras me sentía cada vez más enferma - sí, todavía estoy en una etapa en la que vivo las enfermedades y problemas de mis hijas como si fueran los míos. Me contraía en mi misma, me empequeñecía, me entristecía… no sabía desvincularme de esas emociones. La consulta procedió como había sido la de Marta. Sentí que no había sacado mucha información y pensé aprovechar para hacerle un par de preguntas sobre la más pequeña. ¿Qué podía darle para una otitis? Me sugirió unas gotas. “Ah” – añadí, antes de que se me olvidara – “En dos herbolarios ya me han dicho que el jarabe Lombrifin  está descatalogado, ¿Qué puedo darle en su lugar?”. Se puso nervioso, con mi gran sorpresa. “Bueno… ¿descatalogado? No me consta… bueno, puede seguir con el Composor, al fin y al cabo con tres semanas de tratamiento es suficiente…” Me quedé de piedra. ¿No conocía otro? ¿No podía buscar una alternativa? ¿No me había dicho que debería seguir el tratamiento de tres a seis meses? ¿No era un super experto en digestivo? Pagué la consulta. Esta vez traía el dinero. Lo cogió y guardó rápido debajo del escritorio. Las siguientes consultas serían más baratas, pero no pensaba volver. 

jueves, 23 de junio de 2016

Buscando en MedLine y en la Cochrane Library

Cuando le diagnosticaron giardiasis a Marta, mi hija de dos años y medio, la primera reacción fue la de tratarla religiosamente según las instrucciones de la pediatra de cabecera: 2,6 ml de Flagyl tres veces al día durante una semana, luego una semana de pausa, para rematar con una semana más de antibiótico. Mi disposición inmediata para aceptar ese tratamiento se debía a que me sentía culpable por haber dejado pasar mucho tiempo desde que había empezado la diarrea (1 mes aproximadamente). Lo que me hizo cambiar de rumbo fue una llamada, para mí en cierto sentido alarmante, de la pediatra que necesitaba unos datos para informar a las autoridades sanitarias sobre la presencia de un parásito supuestamente poco común en los países desarrollados, la Giardia. También es verdad que los dos ciclos de antibiótico me parecían excesivos, sobre todo teniendo en cuenta que Marta no había tomado nunca antibióticos hasta entonces. El punto es que decidí ponerme a buscar.

Ahora mismo me estoy acordando de que en realidad había buscado antes de que la pediatra viera a Marta, para averiguar las posibles razones del color amarillento de las caquitas de la niña. Una de las posibles causas, efectivamente, era la presencia de este parásito, la Giardia. Es curioso, la sensación de culpabilidad conmigo misma había obscurecido mis intentos previos de vigilar por la salud de Marta. Había preferido buscar en internet antes de coger una cita, otra curiosidad, que tiene, sin embargo, algún tipo de respaldo estadístico, porque los que buscan información médica por internet suelen hacerlo para auto-diagnosticarse (ver el informe del Pew Research Center de EEUU). Sería interesante entender por qué muchos en muchas circunstancias preferimos el auto-diagnóstico por internet a la visita al médico…

Bueno, el punto es que, tras la llamada alarmada de la pediatra, sentí la necesidad de volver a Google. Puse “giardiasis” en Google y seleccioné los sitios web americanos – mi impresión es que tengan información más actualizada. Leí muchas cosas que la pediatra no me había explicado. Sobre factores de riesgo, encontré que el propio hecho de estar en guardería aumenta las posibilidades de contagio. Que con toda probabilidad los familiares estaríamos contagiados. Y muchas más cosas. En un momento leí algo como que el parásito se puede ir solo. Durante un par de horas me mentalicé en que actuaría así, dejaría que se fuera solo. Luego me dije que tendría que actuar, y ese día resolví mi sesión de búsqueda decidiendo que acudiría a un médico naturista, cuyo contacto me facilitó Fernanda, la responsable de la guardería.

Sin embargo, en los días y meses siguientes, seguí buscando. Tras mi búsqueda general en Google, pasé a buscar en sitios selectos, primero la enciclopedia Medline Plus y la base de datos de revisiones sistemáticas Cochrane Library. En Medline Plus la información sobre Giardia era limitada y muy a tono con la que había recibido por parte de la pediatra, pero me chocó la información que daba la enciclopedia sobre el antibiótico que se me había propuesto como tratamiento, el metronidazol. El artículo empezaba con una Advertencia: “El metronidazol ha sido relacionado con el desarrollo de cáncer en animales de laboratorio. Converse con su doctor acerca de los riesgos y los beneficios de usar este medicamento para tratar su condición.” No recuerdo mi reacción. ¿Estaba feliz de que finalmente encontraba alguna confirmación a mis dudas? ¿Ofendida por lo poco que se mantenían al día los protocolos médicos? ¿Preocupada? No recuerdo, ahora lo veo con otros ojos.

Luego, busqué en la Cochrane Library. Publica principalmente revisiones sistemáticas, es decir compendios de todos los estudios publicados sobre un tema (una enfermedad, un tratamiento, un instrumento de diagnóstico…) en los últimos años. No son compendios cualquiera, se emplean criterios de inclusión y exclusión de los estudios muy rigurosos, se aplican procedimientos estadísticos sofisticados para unificar los resultados de varios los estudios, en fin… son herramientas informativas supuestamente muy fiables. Aunque es necesario pagar por acceder a esas revisiones, los abstracts (los resúmenes) se pueden leer online, incluso en una versión adaptada para el público normal. Busqué y encontré una revisión del año 2012 titulada “Drugs for treating giardiasis”. Las conclusiones principales de los autores eran las siguientes: “Albendazole may be of similar effectiveness to metronidazole, may have fewer side effects, and has the advantage of a simplified regimen. Large, high quality trials, assessing clinical outcomes (such as diarrhoea) will help assess further alternatives.” Es decir, aunque partidarios de los antibióticos, recomendaban, tras la comparación de 19 estudios y 1817 participantes, el albendazol por encima del metronidazol. 

Empezaba a tener las ideas un poco más claras: quedaba descartado ese antibiótico que me habían mandado. Esta impresión se reforzó cuando empecé a sacar artículos de Google Scholar, el portal de Google que recupera solo y exclusivamente literatura científica.  Pero de esto hablaré en otro post...

lunes, 20 de junio de 2016

La información en la crianza de los hijos

Antes de embarcarme en este nuevo proyecto sobre la búsqueda de información para terapias alternativas, ha habido otro muy importante que ha condicionado por un lado mi forma de concebir la investigación, pero también, por otro, mi forma de verme a mí como madre, ciudadana y usuaria de los servicios sanitarios.

Hace un par de años, según iba leyendo para ponerme al día sobre la búsqueda de información, fui encontrando una serie de trabajos, muchos realizados en el ámbito de las ciencias de la salud, que trataban del tema de la búsqueda de información para el embarazo y la crianza de los hijos. Muchos de éstos se habían realizado en Estados Unidos, pero mi propia experiencia y lo que veía a mi alrededor me hacían pensar que en España las cosas no serían muy diferentes, por lo menos para ciertos grupos de padres. Por ejemplo, aquellos que practican la crianza con apego. Así que decidí conocer más a fondo esta realidad entrevistando a unas madres (en principio me dirigí a madres y padres, pero luego solo participaron madres) con las cuales contacté tanto a través de mi círculo de amistades como a través de un grupo de Facebook.

Era increíble cómo las experiencias de estas madres, tras cada entrevista, iban resonando en mi cabeza, era como si se quedaran un rato ahí martilleando... me empapé tanto de esas historias que, a través de ellas, he reescrito la mía. Todavía cuando vuelvo a leer unos pasajes de esas entrevistas, me saltan las lágrimas a los ojos...

En lo que es mi investigación también la experiencia fue sin duda muy importante. En primer lugar me permitió tratar el tema de la búsqueda de información sobre crianza desde un punto de vista diferente a la literatura médica, mucho más complejo porque multidimensional, holístico, y más humano. Los que escriben sobre el tema desde las ciencias de la salud tienen objetivos muy pragmáticos, muy concretos: ¿Qué es lo que buscan padres y madres? ¿En qué redes sociales escriben más? ¿Qué tipo de ideas preconcebidas tienen? ¿Se pueden suministrar algunos servicios online en lugar de hacerlo presencialmente? Y así diciendo… En el trabajo que hice – que no es el único, pero uno de los pocos que se han hecho internacionalmente – se describía la búsqueda de información en su contexto, las razones y motivaciones para buscar, la forma de evaluar la información científica cuando uno carece de los conocimientos especializados… en fin, todo eso desde el punto de vista de las propias madres, como si ellas hablaran, aunque la que hablaba era yo, otra madre.

En segundo lugar, intenté todo lo posible no juzgar, no sé si lo conseguí. Desde luego, en este sentido, sí que creo que me despegué de unos trabajos previos que había leído sobre el tema. Por ejemplo, me había fascinado en su momento el trabajo de una antropóloga británica  sobre la lactancia y la Liga de la Leche, Charlotte Faricloth. Pero luego empecé a ver claramente la actitud de distancia y superioridad que esta autora mantenía con respecto a las madres que, muy amablemente, la habían invitado a participar en sus reuniones y le habían dedicado una parte importante de su tiempo. Tampoco quería perder el sentido crítico sencillamente por manifestar mi infinito agradecimiento a las madres que había entrevistado. Lo que hice fue contar una historia de madres, entre las cuales estaba yo, que de por sí, solita, representaba una crítica. Sí, el sentido crítico estaba en las propias historias. 

¿Y qué criticábamos con nuestra historia? Muchas cosas. Por ejemplo, una sociedad - ¿machista? - que no reconoce que el cuerpo y toda la información que sale de ahí, independientemente de cómo se llame - intuición, instinto, emoción, afecto – es una fuente de conocimiento. Otro tema que me llamó la atención fue cómo la disponibilidad de información estaba redefiniendo la relación de los pacientes con los profesionales médicos – de las entrevistas saqué un trabajo específicamente sobre cómo se valoraba la información procedente de los profesionales de la salud que pongo al final de este post.
En fin, esa experiencia fue importante para mí en muchos sentidos, como persona, madre, paciente, investigadora… - ¡y por eso quiero repetirla!

Los enlaces a dos trabajos que derivaron de ese proyecto los tenéis abajo.


jueves, 16 de junio de 2016

Giardia.... ¿qué?

Mis reflexiones sobre la búsqueda de información médica y terapias alternativas se han disparado recientemente a raíz de un problema de Marta, mi segunda hija. Cuando digo “disparado” quiero decir que de repente mi inquietud de siempre con respecto a la medicina tradicional y a cómo gestionar la salud de las niñas se ha materializado en una búsqueda intensa y activa.

A finales del noviembre pasado (2015) a Marta, en un análisis de heces, le encontraron un parásito, llamado Giardia Lamblia. Marta, que entonces tenía 2 años y cinco meses, había compartido con los amigos de clase un episodio de gastroenteritis el mes anterior y desde entonces sus caquitas no habían vuelto a la normalidad. Yo también tiendo a compartir estos problemas con ellas y la verdad es que no me acababa de recuperar tampoco. Pero, aparte de ser reacia a tomar medicamentos, siempre he medido mucho mis visitas al pediatra, y desde finales de octubre había dejado correr el tiempo esperando a que nos recuperáramos. Había cogido para ella y su hermana unos probióticos supuestamente fabulosos en el herbolario local, y a esperar.

Mientras, las dos maestras de la guardería y especialmente Fernanda, la responsable, preguntaban a menudo si habíamos ido al pediatra. No había ido. El verano anterior Marta había tenido una grastroenteritis parecida, que había tardado un par de semanas en irse. Según la pediatra que la había visto entonces, algunos niños pueden ir al baño 10 veces en un día, otros 10 veces en 5 días y que tuviera paciencia, porque la niña estaba bien hidratada y estaba comiendo bien. En esa ocasión, me había informado además en alguna página oficial americana (no recuerdo cuál exactamente, pero sí recuerdo que era una página oficial, creo www.kidshealth.org) sobre las recomendaciones de dieta para niños con gastroenteritis. Todo esto porque mi madre insistía e insistía en que la niña no tenía que comer fruta. Por mucho que confiara en el instinto de Marta, que sí pedía fruta y se la comía con ganas, me había visto en la necesidad de justificar ante mi madre la dieta que proponía a la niña. Pues en kidshealth.org, se recomendaba seguir con la dieta normal con el añadido de que, de esta manera, la recuperación sería con toda probabilidad más rápida. Así había hecho siempre conmigo misma, y así sería con mis hijas – teniendo además el respaldo de unas autoridades médicas.

Con esta experiencia previa, estaba llevando este nuevo episodio de supuesta gastroenteritis. La presión de las maestras me molestaba. He vuelto a leer las conversaciones por whatsapp con Fernanda, me sigo sintiendo incómoda. Al final, antes de ir al médico le escribí lo siguiente: “Marta come bien y está bien, llevarla o no al pediatra, que sí hemos ido, es decisión mía”. Sí, creo que la presión que recibí por parte de las dos maestras hizo que retrasara aún más mi visita al pediatra – y también que les mintiera con respecto a mi visita al pediatra. No me gustó esta interferencia en mi forma de gestionar la salud mía y de mi familia. Soy consciente de que de la salud de Marta dependía la de los demás niños, pero entonces Fernanda quería saber cómo actuar en el desayuno, si darle fruta o no… lo mismo que mi madre…

A mediados de noviembre finalmente fuimos a la pediatra. Marta tenía buen aspecto, no obstante, vista la persistencia de las cacas blandas, la pediatra le mandó un análisis de heces. A los diez días fue a recoger los resultados el padre con las niñas. Me llamaron por teléfono para decirme que Marta tenía un parásito, Giardia no sé qué… y que tendría que tomar antibiótico. No me lancé de inmediato a buscar información sobre ese parásito cuyo nombre no había entendido bien. En ese momento estaba centrada en mi “error”. Me sentía culpable por haber desatendido a mi hija, arrogante por no haber prestado bastante atención a los avisos de la guardería y, por qué no, por haber infravalorado el poder de diagnóstico de la medicina moderna, y vaga, por haber tardado tanto en coger una maldita cita con la pediatra.


La búsqueda de información no empezó entonces sino al día siguiente cuando viajando en el metro con la botella del antibiótico (Flagyl) en el bolso – lo compré enseguida, a pesar de que Marta hasta entonces no había tomado nunca antibióticos -, me llamó por teléfono la pediatra. Había olvidado preguntarnos un par de cosas para un informe que tenía que entregar a las autoridades sanitarias. Al fin y al cabo éste era un parásito raro en los países occidentales. ¿De dónde éramos? ¿Habíamos viajado a países tropicales recientemente?... Me asusté. Llegada al trabajo, no pude ponerme a preparar la clase. Lo primero que hice fue buscar información sobre la Giardia Lamblia, y mi actitud ante el problema fue cambiando.

Búsqueda de información: ¿una cuestión de experiencias?

Como comentaba en el último post, aunque, desde adolescente por lo menos, he sido bastante reacia a tomar medicamentos, a buscar información sobre terapias alternativas he empezado más recientemente, desde que soy madre. En la mayoría de los casos, los problemas de salud que me preocupan afectan a mis hijas, es decir no los vivo a través de mi propio cuerpo sino solo indirectamente. 

También es verdad que desde que yo era adolescente han cambiado muchas cosas, tanto en la sociedad que me rodea como en mi forma de ver el mundo. Ahora es muy fácil buscar y encontrar información sobre salud, tanto de la medicina tradicional como de las medicinas alternativas. Otra cosa es la calidad o utilidad de esta información, pero está claro que accesible está.

Por otro lado, desde que era adolescente han cambiado más cosas en mi vida personal. Ahora la información especializada se ha convertido en mi área de trabajo. Una de las asignaturas que imparto es precisamente la de fuentes de información especializada. Hasta hace unos años hablábamos de fuentes de información producidas por científicos para otros científicos. Era un sistema de comunicación científica cerrado. Hoy en día el sistema de comunicación científica es mucho más extendido, se habla de responsabilidad social de la ciencia y de acceso abierto, es decir de acceso libre y sin restricciones a la literatura científica. Antes era necesario pagar para acceder a la literatura científica, ahora es posible acceder a mucha literatura científica de forma gratuita, a través de internet. Acceder no significa comprender ni ser capaces de utilizar la información científica, pero desde luego es la condición imprescindible para sacarle partido.


Las modalidades de uso y consumo de la información científica son todavía un problema de investigación abierto. En cierto sentido mi trabajo pretende explorar este ámbito, como decía, a través de mi experiencia personal y de las interacciones con otros consumidores como yo de información sobre salud. Lo que me gustaría saber es en qué medida mi experiencia de búsqueda de información médica y especialmente de terapias naturales es parecida a la de otras personas. Espero poder averiguarlo… 

lunes, 13 de junio de 2016

¿Cómo he empezado a interesarme por las terapias alternativas?

La respuesta más obvia y espontánea a esta pregunta sería que empecé a sopesar detenidamente la toma de medicamentos cuando me he convertido en madre. Aunque el caso sobre el que pretendo trabajar es más reciente y afecta principalmente a mi segunda hija, concretamente por un problema de parasitosis, mi preocupación por los medicamentos que tomo yo o tomamos mi familia y yo se ha reforzado claramente desde que soy madre. En realidad, si miro hacia atrás, las cosas no están exactamente así como espontáneamente me ha salido contestar. Recuerdo dos episodios muy claros.

Durante la gestación de mi segunda hija tomé antibióticos, sí, quién lo diría. Llevaba dos semanas con una infección tremenda de las vías respiratorias. Estaba en el séptimo u octavo mes de gestación, ya me resultaba insoportable no poder respirar; los dolores de cabeza me agobiaban. La amoxicilina que me prescribieron además me dio alergia y no pude terminar el tratamiento. Sin embargo, sí que la infección remitió y pude volver a respirar.

Mucho más atrás en el pasado, hay un segundo episodio muy importante de mi relación con los medicamentos. ¿Qué tendría? ¿Catorce o quince años? No recuerdo bien qué me mandaban, pero eran varias cajas de ansiolíticos y antidepresivos para tomar varias veces al día, quizás alguna cosa más. Una tarde de primavera cogí una bolsa de plástico y los metí todos dentro, ante la mirada asombrada y preocupada de mi madre. Entonces vivía en el campo, había que andar unos 500 metros para llegar al contenedor de la basura más cercano. Pues anduve hasta ahí, era un día primaveral, de esos medio nublados. Temblaba, era consciente de que estaba haciendo algo radical. Un motivo más de dolor para mi madre. Percibo todavía la intensidad de esas emociones, aunque ahora las vivo con más tranquilidad.

Según voy cavando en mi pasado, emergen otros episodios, recuerdos relacionados… En mi adultez la opción más frecuente era no tomar medicamentos, excepto cuando el dolor ya era insoportable…  pero ahora que soy madre es diferente, no es mi cuerpo, no es mi percepción directa, sino la de mis hijas... De alguna manera vuelvo a la vulnerabilidad de cuando era niña, vuelvo a enfrentarme con la cotidianidad de virus, bacterias, gastroenteritis, catarros, conjuntivitis… por citar solo los más obvios, pero que no lo vivo en primera persona porque afectan a mis hijas. Hoy muchos años después, en mi día a día los pequeños problemas de salud de mis hijas me van planteando muchas posibilidades de actuación en un ámbito en el cual fundamentalmente no tengo ni la formación especializada ni la información que te da lo de sentir tu propio cuerpo. ¿Tomar o no tomar el antibiótico? ¿Confiar en una fuente de información o en otra? ¿Arriesgarme con la salud de mis hijas o andar por caminos ya pisados? Sí, efectivamente, es ahora que vuelvo a ser vulnerable cuando he sentido la necesidad de buscar terapias alternativas. Aquí es donde todo vuelve a empezar.

viernes, 10 de junio de 2016

La experiencia personal sí es una forma de conocimiento: la auto-etnografía

Como decía mi intención es hablar de la búsqueda de información sobre terapias naturales a partir de mi experiencia personal. Imagino que a más de una persona esto le parecerá raro. Los medios de comunicación tienden a mostrar una cara específica de la investigación y de la ciencia, normalmente la investigación que se realiza al amparo del que se conoce como paradigma positivista. En las ciencias sociales, es decir en las ciencias que como la sociología, la educación o la antropología estudian cómo las personas interactúan en los sistemas sociales, esto significa que se estudian los fenómenos sociales al igual que los naturales procurando describir relaciones de causa – efecto o por lo menos co-variaciones entre diferentes elementos de la realidad social. El otro día me comentaba con cierto desconcierto una amiga que se había enterado de un experimento realizado en qué sabe universidad americana según el cual escogemos a nuestra pareja en base a similitudes en nuestro estado de salud mental: los esquizofrénicos escogerán a otros esquizofrénicos, y así diciendo.
Este es solo un ejemplo de un tipo de investigación en la que los fenómenos sociales se reducen a variables (estado de salud mental y elección de la pareja, por ejemplo) para poder ver relaciones entre estas. De alguna manera la realidad se simplifica. Por ejemplo, si quisiera estudiar la búsqueda de información sobre medicina alternativa desde este punto de vista, podría reunir a una serie de personas que tengan que ver con el tema y preguntarles por su sexo, nivel de educación y nivel adquisitivo, y concluir por ejemplo que quienes buscan sobre y optan por las terapias alternativas tienden a ser mujeres, con niveles de educación más altos y de clase media, como concluye esta revisión sistemática de 2012 (espero poder hablar de las revisiones sistemáticas). Se trata sin duda de una investigación muy útil. Sin embargo, mi experiencia personal me dice que hay mucho más detrás de estas decisiones, algo que nos arriesgamos a perder si seguimos reduciendo las experiencias humanas a variables: las emociones, las dudas, las relaciones con los demás, nuestra identidad, nuestro replanteamiento, las crisis, los conflictos… y mucho, mucho más.
Al margen del paradigma positivista, existe otra manera de hacer ciencias sociales. Desde este punto de vista alternativo, en lugar de simplificar la realidad reduciéndola a variables, intentamos verla en toda su complejidad; en lugar de abarcar a grandes muestras poblacionales, nos centramos en entornos muy concretos, a veces en un solo individuo, precisamente para poder describir la complejidad de la realidad de la manera más detallada posible; en lugar de predecir la realidad (si eres esquizofrénico, tu pareja será otro esquizofrénico), pretendemos desmenuzarla, saborearla, pintarla… me gustaría decir comprenderla, pero es verdad que no siempre lo conseguimos. En fin, existe claramente otra manera de hacer ciencia.
A esto hay muchas personas que no lo consideran ciencia. Otras, en cambio, no solo lo aceptan como ciencia sino que vienen defendiendo desde hace años la experiencia personal como una preciosísima fuente de conocimiento. Mi referente metodológico, en concreto, es Catherine Ellis (2004), una socióloga americana que ha desarrollado y practicado la auto-etnografía como método de investigación en numerosísimos trabajos. A partir de su trabajo, y después de leer unas reflexiones de una investigadora de enfermería sobre la auto-etnografía (Sarah Wall, 2006), he pensado que podría desarrollar mi versión de este método, en la que, en lugar de publicar la historia como artículo de investigación, la publicaría inicialmente como blog para de esta manera ampliar las posibilidades de conectar mi experiencia con la de los demás. Y aquí está mi blog.

Bibliografía
Frass, M., Strassl, R. P., Friehs, H., Müllner, M., Kundi, M., & Kaye, A. D. (2012). Use and acceptance of complementary and alternative medicine among the general population and medical personnel: a systematic review. The Ochsner Journal, 12(1), 45-56.
Wall, S. (2006). An autoethnography on learning about autoethnography.International Journal of Qualitative Methods5(2), 146-160.

¿Por qué un espacio de investigación abierto?

Como puedes leer en la presentación, este blog es un espacio de investigación. He optado por esta forma de investigación por dos motivos principales.

En primer lugar, pretendo documentar la búsqueda de terapias alternativas a partir de mi experiencia personal, con lo cual necesito elaborar un diario, con datos y hechos a partir de los cuales especular, reflexionar, interpretar, y plantear teorías. No percibo una diferencia entre mi yo como persona y mi yo como investigadora. Las dos – o quizás algo más que 2 - facetas coexisten las 24 horas del día. En este sentido estoy cuestionando la supuesta objetividad del quehacer científico que propone la separación entre el investigador y su objeto de investigación que, a menudo, en las ciencias sociales, son otras personas. Al contrario, a partir de mi experiencia personal, pretendo conectar con la de los demás.

La segunda razón para crear un espacio de investigación abierto es que necesito darle un sentido a mi investigación. De alguna manera, podría decir que quiero que mi investigación sea útil para más personas aparte de mí misma y de la comunidad científica a la que pertenezco. Sin embargo, esta investigación es teórica, básica, claramente no aplicada y te preguntarás cómo puedo aportar algo útil si no pretendo desarrollar alguna innovación, patentar un invento, ni curar alguna enfermedad. Me parece bien que tengas esa duda. Espero que juntos podamos darle una respuesta.