El primer médico naturista al que acudí fue por referencia
de Fernanda, la responsable de la guardería. Se llamaba Antonio Fernández. Abro
aquí un paréntesis para aclarar que todos, absolutamente todos los nombres que
utilizo en mis posts son pseudónimos, excluyendo el mío. Los nombres de mis
hijas también son pseudónimos. Todas las historias que cuento, en cambio, son
auténticas, reales, por lo menos así lo son desde mi punto de vista.
Me puse en contacto con el dr. Antonio Fernández, cogí la
primera cita posible y compatible con mi horario laboral. Pregunté sobre el
coste de la consulta, cuánto duraría, etc. y al día siguiente o a los dos días,
fui ahí con Marta. Clara se quedó en casa con fiebre, la intención era llevarla
para que de paso la viera a ella también, pero por la fiebre no pudo ser.
La consulta era en un piso. Al contrario del pasillo y
escaleras exteriores, el piso era luminoso y claro, el techo algo bajo. Las
paredes eran blancas y los acabados de madera de pino, clarita. Olía a
eucalipto. Esperamos escasamente 5 minutos y enseguida el doctor nos recibió.
Me dio dos besos. Me resultó raro. Me dije “relájate”, ahora ya formaba parte
del “círculo”- de los naturistas guay o algo así, aunque no me salió muy
espontáneo recambiar. No había estado en un médico naturista antes.
La consulta fue muy larga. El doctor sacó papel y bolígrafo
y empezó a anotar toda la información que me iba sacando sobre Marta desde el
embarazo hasta la actualidad. Marta se entretenía, mientras, con unos juguetes.
Antonio rara vez levantaba la mirada de su escritorio, donde estaba
cuidadosamente expuesto un libro suyo, no recuerdo el título. Me dio algunas
explicaciones sobre la Giardia, no muchas. En un momento dado a Marta se le
salió un pedete. Confirmó que los parásitos suelen producir gases. Se relajó un
poco como si fuera a reír, pero no llegó a reírse. Al finalizar la entrevista,
exploró a Marta. Encontró que su piel era algo áspera, consecuencia, a su
entender, de una probable alergia a la leche – al igual que la hermana que sí
había tenido la alergia a la proteína de la leche en su época de lactante - y
que el abdomen estaba un poco hinchado. Nos prescribió dos jarabes, Lombrifín y
Composor 13 para tomar tres veces al día antes de las comidas, y recomendó
eliminar completamente los lácteos de la dieta de la niña. Los jarabes, nos
dijo, deberíamos tomarlos entre tres y seis meses.
La consulta valía 100 euros, pero no se podía pagar con
tarjeta. Tuve que salir, volví con el dinero, la secretaria lo recibió. No me
dio ningún recibo a cambio. Volvimos a casa que Clara estaba esperándonos.
Ya llevábamos unos días tomando los jarabes, cuando decidí
volver con Clara. No que el médico me hubiera gustado especialmente, era el
único que conocía y, según decía Fernanda, era un especialista en digestivo, y
por una cuestión de igualdad entre mis hijas, decidí llevar a la mayor. Además
sería una oportunidad para que me diera su punto de vista sobre una dermatitis
casi permanente que tiene Clara detrás de la oreja. Desde que le hablé de su
alergia temprana a la proteína de la leche de vaca (algo que supuestamente
había superado), Clara pasó a ser una representante más de los “niños
alérgicos”. “Los niños alérgicos son…”, “los niños alérgicos presentan…”, “los
niños alérgicos deberían…”. Yo mientras me sentía cada vez más enferma - sí,
todavía estoy en una etapa en la que vivo las enfermedades y problemas de mis
hijas como si fueran los míos. Me contraía en mi misma, me empequeñecía, me
entristecía… no sabía desvincularme de esas emociones. La consulta procedió
como había sido la de Marta. Sentí que no había sacado mucha información y
pensé aprovechar para hacerle un par de preguntas sobre la más pequeña. ¿Qué
podía darle para una otitis? Me sugirió unas gotas. “Ah” – añadí, antes de que se
me olvidara – “En dos herbolarios ya me han dicho que el jarabe Lombrifin está descatalogado, ¿Qué puedo darle en su
lugar?”. Se puso nervioso, con mi gran sorpresa. “Bueno… ¿descatalogado? No me consta…
bueno, puede seguir con el Composor, al fin y al cabo con tres semanas de
tratamiento es suficiente…” Me quedé de piedra. ¿No conocía otro? ¿No podía
buscar una alternativa? ¿No me había dicho que debería seguir el tratamiento de
tres a seis meses? ¿No era un super experto en digestivo? Pagué la consulta.
Esta vez traía el dinero. Lo cogió y guardó rápido debajo del escritorio. Las
siguientes consultas serían más baratas, pero no pensaba volver.